Ladrón, contrabandista, secuestrador y asesino de profesión.
Jacques Mesrine, “el Robin Hood francés” nació para aterrorizar al mundo en 1936 en París. Su conducta agresiva le llevó a abandonar sus estudios y dedicar su vida al crimen; traficaba armas y se introdujo en el mundo de las apuestas, bares y prostitutas.
Su primer secuestro lo realizó en Canadá a la edad de veinte años. Asaltó gran cantidad de joyerías, departamentos y bancos, algunas veces dos por día, y a pesar de que en varias ocasiones cayó preso, de una u otra manera logró fugarse.
Viajó a los Estados Unidos y se estableció allí durante un tiempo. Debido a que la policía seguía sus pasos, decidió instalarse en Venezuela y dedicarse al negocio restaurantero, pero en cuanto el FBI descubrió su nueva nacionalidad, regresó a su tierra natal en 1972.
Mesrine fue catalogado entonces como el ‘enemigo público número uno de Francia’. Una vez capturado fue enviado a prisión en donde escribió su autobiografía, reconociendo crímenes que incluso la policía desconocía. El libro logró salir clandestinamente de la cárcel y se publicó con el título de El instinto asesino. Luego, él mismo volvería a escaparse de prisión.
El hombre de los cientos de caras, que incluso alguna vez intentó secuestrar al juez que lo sentenció, apareció en la portada del 4 de agosto de 1978 en la revista Paris Match. En la entrevista del interior, Mesrine amenazó al Ministro de Justicia, lo que motivó que el propio presidente francés ordenara crear una brigada especial para atraparlo.
Disfrazándose con pelucas y artilugios el bandido logra una y otra vez burlar a las autoridades francesas, sin saber que su suerte estaba a punto de cambiar.
En octubre de 1979, siguiendo a una de sus cómplices, la policía logra dar con su escondite y comienza a vigilarlo. El 2 de noviembre, cerca de una estación del metro de París, dos camionetas de la policía le cierran el paso al auto donde viajaba y le disparan.
“El hombre de los mil disfraces” recibe 15 balas en su cuerpo y un tiro de gracia en la cabeza, que dejan al crimen sin uno de sus exponentes más prolíficos y, con certeza, uno de sus hijos predilectos.

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